Contrasentido

Julia Barrio

miércoles, 29 de mayo de 2013

Reinita



     Las fiestas no eran iguales para ellos aunque no lo percibieran del todo. El trabajo de su madre en aquella época los había acostumbrado a pasar muchos festejos fuera de casa. La guardia de hospital no era precisamente el típico espacio de festejo al que cualquier otro chico de su edad estuviera habituado. Pero lo cierto es que para  Joaquín  y Lucía esto formaba parte del hecho de ser hijos de una partera, entre otras cosas. Según cayeran en el año las fechas festivas, muchos cumpleaños, navidades y fines de año les había tocado en suerte trasladarse con su padre hasta donde la madre cumplía con la guardia hospitalaria y brindar ahí todos juntos para la ocasión.
     La navidad del 79 los encontró ahí nuevamente, rodeados de otros familiares de médicos, enfermeras y personal uniformado reunidos alrededor de una gran mesa donde cada familia iba dejando alguna fuente con platos típicamente navideños, botellas de sidra y champagne para el brindis, gaseosas y postres. La llegada era siempre igual, saludar a unos cuantos desconocidos que por esa noche se volvían casi íntimos en ese brindis que los unía forzosamente. Lo bueno para ellos era que estos encuentros siempre estaban llenos de otros niños que se volvían amigos por un rato y hacían más divertida la cena. En un rincón se alzaba un árbol muy alto adornado con un poco de descuido y rodeado de paquetes de distintos tamaños y formas, esperando ser descubiertos por los pequeños. Todo transcurría en un quincho enorme, pegado al casino de oficiales: un gran comedor militar rodeado del follaje que separaba los diferentes pabellones del hospital pretendía convertirse por una noche en salón de fiesta e intentaba crear un clima familiar y de camaradería entre los presentes. Por esos años, el Hospital Militar de Campo de Mayo tenía sus guardias muy activas, especialmente la guardia de la maternidad que allí funcionaba. Lucía y Joaquín veían a su mamá ir y venir apurada de su pabellón para supervisar su trabajo que parecía tenerla muy atenta, dedicada y tensa.
Luego de la cena de esa noche, llegó el ritual de levantar las copas y el ansiado momento de abrir los regalos que esperaban a los chicos junto al árbol. El padre les indicó el paquete que les tocaría a cada uno de ellos y ambos corrieron a abalanzarse en una carrera de piernas mezcladas entre otros pequeños. A Lucía le brillaron los ojos frente a la sorpresa: una muñeca preciosa la miraba con sus enormes ojos azules. Joaquín llegó al árbol junto a una nena de su edad y ante los dos paquetes que quedaban frente a ellos, tomó con sus dos manitos el más pequeño mientras la nena levantaba con fuerza uno más grande, que aparentaba ser una caja y se lo llevó hasta la mesa donde estaban sus padres. Joaquín fue abriendo lentamente el regalo hasta descubrir que era una perrita de peluche, pequeña, de color verde con las orejas de color fucsia. Detrás de él, la nena abrió la caja y encontró una pista de autos para armar. Los padres de Joaquín y de la niña notaron enseguida el malentendido de los juguetes cambiados e intentaron solucionar la confusión. Inútilmente argumentaron frente a los chicos para lograr que cada uno recuperara el juguete que le correspondía. La nena ya estaba armando la pista con entusiasmo, sin importarle las explicaciones del padre. Joaquín tardó un poco más en reaccionar pero de todos modos, la idea de renunciar al regalo que tenía en sus manos no lo convencía. Miraba el juguete como intentando descubrir algún secreto. Lo daba vueltas, le levantaba las orejas y lo hacía caminar por el piso, hasta que se perdió embelesado en un juego casi simbiótico con el juguete.
-Dejalo, querido, mirá como juega con la perrita. Ya está. Que la nena se quede nomás con la pista, si parece que se hubieran confundido a propósito. Cualquier cosa, antes de irnos, vemos si los quieren cambiar.- la voz de la madre convenció a todos los que miraban la escena de los juguetes cambiados.

Desde lejos, Lucía vio a su hermano jugar con la perrita verde y la curiosidad la obligó a acercarse hasta él porque tampoco ella entendía cómo Joaquín había cambiado su pista por un peluche.

-¿Y eso, Joa? ¿Es tuya?
-Sí, me la trajo Papá Noel, así que es mía. Es linda, viste. Papá quiere que la cambie, pero yo no quiero, a mí me gusta.-
Lucía quiso reirse de su hermano pero se contuvo porque lo vio ponerse todo colorado y creyó que estaba a punto de llorar. Se lo quedó mirando y simplemente le preguntó:
-¿Y cómo se llama?.
-No sé...pero le voy a poner Reina. Sí, se llama Reinita.-

El festejo de esa noche no se hizo muy extenso. Las tareas agitadas de la guardia obstétrica no permitían que las familias del personal permanecieran mucho más allí y ciertamente a los chicos no les entusiasmaba mucho tener a mamá cerca mientras trabajaba porque siempre parecía estar atenta a cada pequeño detalle de su trabajo mucho más que a la visita navideña de su marido y sus hijos. Así que la partera los despidió rápidamente y volvió a enfrascarse en su tarea siguiendo a los jefes militares que ya se encaminaban de nuevo al pabellón porque de un momento a otro había que atender otro parto que parecía ser de urgencia.
Lucía y Joaquín partieron poco después de la medianoche atravesando el oscuro camino que los sacaba de Campo de Mayo en un trayecto largo hasta el auto que les causaba un horror inexplicable y silencioso. Indefectiblemente el viaje a casa en el auto los mecía en sueño. Joaquín se quedó dormido en el asiento trasero, ni bien su padre tomó la ruta 8.
Quizás tuvo algún sueño abrazado a Reinita sin saber aún que ese regalo se convertiría en su fiel compañera durante los años de su infancia y sin haber comprendido nunca el porqué de su afecto a ese juguete que con el paso del tiempo se le volvería inseparable.