“Si queréis creerme, bien. Ahora diré cómo es Ottavia, ciudad-telaraña. Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas con cuerdas y cadenas y pasarelas. Se camina sobre los travesaños de madera, cuidando de no poner el pie en los intervalos, o uno se aferra a las mallas de cáñamo. Abajo no hay más que cientos y cientos de metros: pasa alguna nube; se entrevé más abajo el fondo del despeñadero.”
Terminó de leer el párrafo y se quedó inmóvil con el libro en la mano y un dedo marcando la página. No podía creer lo que acababa de leer. La descripción tan exacta le había erizado la piel. Tuvo que incorporarse lentamente porque empezaba a sentir un leve mareo. El libro se le cayó al piso. Rápidamente lo levantó y buscó con desesperación la página marcada pasando las hojas con las manos temblorosas. Cuando la encontró clavó nuevamente la vista en el texto para asegurarse de que aquello continuaba escrito allí. Ya no le quedaban dudas, la evidencia estaba frente a sus ojos.
Fue hasta el teléfono y marcó. Tomó aire y tragó saliva. Se dio cuenta de que su respiración agitada no le iba a permitir hablar. Bajó el tubo del teléfono y lo apretó contra el pecho en un intento por hacer una pausa para calmar su respiración. Nuevamente apoyó el auricular en su oreja y esperó. Siguió esperando pero nada nuevo pasaba. El monótono sonido del aparato sonando del otro lado parecía inmodificable, hasta que lo atendieron. Reconoció enseguida la voz del otro lado de la comunicación, una voz familiar grabada en el contestador telefónico lo invitaba a dejar un mensaje después de la señal sonora. Suspiró y empezó a hablar:
-Atendeme...¡Atendeme por favor! Es muy importante. Es cierto lo que pensaba. Tengo la prueba. La ciudad invisible. Está clarísimo en el libro que tengo en mis manos. Tenés que venir...No lo vas a poder creer, pero es cierto. Te juro que es cierto...Alguien ya lo supo antes que yo. Lo escribió en el libro de Calvino y lo acabo de leer. ¿Qué vamos a hacer? ¡Por favor, atendeme, te lo ruego! No sé qué hacer....no sé qué vamos a hacer ahora...
Nuevamante la señal sonora le indicó que la grabación del mensaje había terminado. La voz se le fue apagando y dejó caer el tubo del aparato hasta que golpeó contra el piso. La mirada se le perdió y comenzó a quitarse las ropas. Lentamente se fue desnudando, caminó así hasta la puerta y la abrió.
Afuera, el viento agitaba violentamente las cadenas que sostenían la ciudad y el ruido se volvía insoportable. Se pasó la mano por la cara húmeda y salió. Desde la entrada vio las crestas de las montañas hacia ambos lados y empezó a caminar por la pasarela que tenía frente a la puerta.
Caminó sobre los travesaños de madera, teniendo mucho cuidado de no poner el pie en los intervalos. Se aferró a una de las mallas de cáñamo, bajó la cabeza y miró. Abajo no había más que cientos y cientos de metros. Vio pasar alguna nube y pudo entrever el fondo del despeñadero. Soltó la malla, levantó los brazos por arriba de su cabeza y se dejó caer.
Que grata sorpresa Julia... de nuevo al ruedo y con blogg renovado.
ResponderEliminar"Ciudad Invisible", es tan bueno como los otros.
Avanti piba!
No es mi género preferido, me cuesta identificarme con lo fantástico, pero está bueno. Lo realmente bueno es que sigas escribiendo. Cariños.
ResponderEliminarGracias por sus comentarios. Un placer que hayan pasado por el blog. Me alientan a seguir escribiendo.
ResponderEliminar¡Cariños, Leti!