Esa mañana, como tantas, Olga se levantó temprano. Enero seguía abrasador y madrugar en verano era costumbre en la casa, para poder desayunar con el fresco del sol recién asomado. Todos los días ella misma se encargaba de preparar el mate y compartir esos instantes iniciales con su marido, llevándole la bandeja a la cama. Hacía meses que había adoptado esa rutina que ejercía como un ritual cada mañana, la demostración de su amor en cada uno de esos pequeños gestos puestos al servicio de ese hombre que ya casi no se levantaba de la cama. Esa mañana un recuerdo la había despertado como un cachetazo. Recordó otra mañana, de primavera, en la que se habían venido a llevar a Segundo de esa misma casa, para trasladarlo a Buenos Aires, en 1955. Esa mañana, los milicos habían tocado la puerta con una mezcla de miedo y de vergüenza.
-¿Quién?- había preguntado Segundo, aún sabiendo de que se trataba.
-Don Segundo, con todo respeto, lo venimos a buscar. Hay orden de llevarlo a Buenos Aires. Ábranos la puerta, por favor.
Olga se había sentido tan mal aquella mañana, ella sin poder levantarse, recién operada de una dolencia menor y con la impotencia de saber que no iba a ver a su marido quién sabe por cuánto tiempo...
Sin embargo, Segundo mantuvo la calma e hizo pasar con amabilidad a aquellos uniformados que agacharon la cabeza al entrar a su casa y no la levantaron nunca más.
-Si me permiten, estoy a medio afeitar. Enseguida termino y van a poder hacer lo suyo, compañeros.- dijo con esa voz que Olga admiraba, mezcla de resignación y orgullo.
Esa imagen de Segundo terminando de afeitarse con la frente alta, delante de esos dos militares con la cabeza gacha y las armas a un costado, le volvía cada tanto, para poder recordarle que ése había sido siempre su hombre, su amor.
Después de todo aquello, Segundo nunca había vuelto a ser el mismo. Estaba muy deteriorado; su salud era de una enorme fragilidad y ya nadie sabía por donde vagaban sus pensamientos. Era muy probable que su mente paseara por muchos episodios que habían sido tan hondos en sus últimos años...desde el arduo trabajo en “Mi Rincón”, el restaurant que regenteaba en el pueblo, su compromiso sindical con los gastronómicos y la inclaudicable adhesión al Partido Justicialista, al “Peronismo”, como corregía él, “a Peròn y a Eva, carajo!”.
Las sesiones en la cámara de diputados con el orgullo de haber ocupado esa banca en nombre de su pueblo. Y la cárcel también, los meses oscuros del encierro, en los que le había tocado compartir ese destino con Hugo del Carril, en la penitenciaría de Las Heras. Tiempos duros, que todavía lo perseguían con sus fantasmas oscuros llenos de odio, vacíos de compasión.
Y Olga siempre ahí, a su lado. Aunque hubiera tenido que viajar casi 900 kilómetros dejando a sus hijos al cuidado de su hermana Dora, para sostener el espíritu de hombre derrumbado, alimentar ese cuerpo abatido por las torturas y los desprecios del antiperonismo.
Lo que nunca había cambiado era esa dulzura con la que se trataban mutuamente. Para Olga él se había convertido en su principal ocupación, los chicos ya estaban grandes y eso le permitía estar más aliviada en su rol de madre y poder entregarse por completo al cuidado de su marido.
Se encaminó hasta la cocina, atravesando la galería, y ahí mismo se cruzó con su hermana, Dora, que estaba de paso por la casa. Dora había venido a quedarse unos días para hacerle compañía y ayudarla en los quehaceres. Se llevaban muy bien desde chicas y eran muy buenas compañeras que sabían sostenerse mutuamente en los momentos malos.
-Buen día, Olga, ¿Cómo amaneciste? Parece que va a hacer más calor que ayer...-
-Uy, sí, Dorita. Va a ser un infierno hoy. Me voy a poner el agua para los mates de Segundo que ya anda con ganas de desayunar.-
-Dejá que yo pongo la pava y andá aprontándole la yerba, vos que sabes mejor cómo le gusta.-
Caminaron juntas los pasos que les quedaban hasta la cocina y se dispusieron a hacer lo que tenían previsto sin hacer demasiado ruido para no despertar a los chicos que todavía dormían en sus cuartos, estando de vacaciones. Era sabido que aunque la casa era espaciosa, cualquier ruido se sentía en el medio del silencio del despertar pueblerino, especialmente a esa hora de la mañana, cuando la mayoría todavía se resistía a salirse de la cama.
Las dos se estremecieron por igual al sentir el estampido. Fue un estruendo feroz, un golpe seco que abatió la calma de toda la casa.
Olga corrió a lo largo de la galería y entró tropezando al cuarto.
-¡Segundo! ¿Qué hiciste, por Dios?- la pregunta se le ahogó en un solo grito. La cabeza de su marido caía, ladeada sobre un hombro, y saliendo la sangre lentamente, derramándose furiosamente roja sobre la funda blanca de la almohada. Todo su cuerpo temblaba en los brazos de su mujer.
Olga pudo ver el arma, que secretamente Segundo guardaba bajo el colchón, colgando tristemente de la mano derecha de su hombre.
Este me mató... IMPRESIONANTE JULIA, que bueno poder leerte.
ResponderEliminarSalute!!!