Contrasentido

Julia Barrio

viernes, 1 de octubre de 2010

Calesita

Terminó de colocarle con dificultad la campera y la ayudó a incorporarse del sillón levantando su cuerpo pesado y robusto sosteniéndola por los brazos. Laura se quedó parada al lado de su padre con la mirada perdida y una sonrisa que buscaba asomarse entre sus dientes chuecos.

-Ya nos vamos, Laura, me pongo mi campera y salimos, eh- Horacio le habló fuerte y con la respiración agitada por el esfuerzo de esa rutina diaria de ayudar a su hija a vestirse y abrigarse cada tarde de sábado para sacarla a pasear. Buscó su abrigo, se lo puso y se sacudió un poco el pelo mientras resoplaba. Para salir de la casa tomó a Laura de la mano como si fuera una pequeña niña de tres o cuatro años, un gesto que entre ellos había tenido que mantenerse a la fuerza desde que Laura tenía esa edad. La discapacidad que acarreaba la jovencita desde entonces le había hecho crecer el cuerpo hasta su robustez actual mientras su mente se había quedado detenida en los primeros años de su infancia.

-¿A que no sabés adónde vamos, Lauri?-. Horacio sabía que Laura ya sabía la respuesta porque habían ido allí desde que tenía memoria pero la satisfacción de su hija a partir de esta sorpresa le hacía repetirla una y otra vez cada fin de semana. Y efectivamente la jovencita se transformaba ante la sorpresa que se avecinaba, la misma sorpresa de siempre. Empezó a moverse hacia los lados con una excitación que la hacía verse colorada, la cara le empezó a brillar de sudor y los ojos se le entrecerraron mientras chillaba emocionada. Algo dijo, algo intentó decir entre dientes apretados, algo que su padre comprendió.

-Sí, Lauri, calesita, calesita-. Horacio buscó las llaves del auto y le abrió la puerta para que Laura subiera y se acomodara torpemente en el asiento trasero. Él ya estaba acostumbrado a viajar con su hija atrás en el auto, algo que tampoco se había modificado desde hacía quince años, cuando la que se sentaba en el asiento del acompañante era su mujer. Desde ese entonces, Horacio andaba solo, manejaba sin acompañante y vivía sin una compañera. Él siempre había pensado que el destino les había planteado un desafío con la llegada de Laura a sus vidas cansadas de esperar hijos que tardaban en llegar. Nunca fue un hombre que eligiera la queja como descarga, más bien prefería esconder su angustia tras el trabajo y la dedicación que le exigía la crianza de una hija cada vez más dependiente. Su mujer, en cambio, había creído fervientemente en una especie de castigo divino que les habría llegado por alguna razón y se pasaba jornadas enteras llevando a su hija a la iglesia y noches en vela rezando por sus almas con un creciente misticismo que la hacía sentirse aliviada de algún modo. A Horacio le molestaban profundamente estas acciones pero nunca se había animado a enfrentar a su mujer para explicarle que él veía las cosas de otra forma, que no había ninguna culpa que lavar, ningún alma que salvar. Hacía rato había dejado de creer en dios y en cualquier otra cosa, un poco por falta de razones, un poco por falta de tiempo. Y ciertamente desde que la madre de Laura murió y él se quedó solo, dejó de lado esas cuestiones y se volcó de lleno a las cosas domésticas y el cuidado cotidiano de su hija.

Durante el trayecto en auto hasta el parque, Laura dejaba perder su mirada en las calles y en los otros autos y hacía un movimiento repetitivo con sus manos, como si quisiera frotarlas entre sí hasta el cansancio. Horacio la iba observando por el espejo retrovisor y cada tanto le pasaba incómodamente un pañuelo por la boca babeante.

Cuando llegaron al parque, el lugar ya estaba repleto de niños que corrían, subían, bajaban, gritaban y se reían a carcajadas. Familias con cochecitos de bebés, copos de algodón de azúcar y bicicletas que llenaban el espacio reducido de la calesita se mezclaban con jóvenes que jugaban a la pelota. El sonido era casi ensordecedor, la música sonaba fuerte y estruendosa, entre canciones infantiles y cumbias chillonas. Todo esto a Laura la excitaba poderosamente, se le inflaban los cachetes y agitaba las manos cada vez más.

Ya todos los conocían en la calesita. Ni bien Horacio llegaba con su hija, había alguien que los saludaba o se acercaba a conversar con él, mientras la jovencita se perdía entre vueltas interminables sentada en un banco largo que tenía la calesita, el único juego en el que cabía su cuerpo y en el que siempre se acomodaba.

Laura se sentó allí ayudada por su padre y la calesita empezó a girar. De vez en cuando, emitía sonidos estridentes y guturales, expresando su alegría, sobre todo cuando alcanzaba a identificar alguna canción infantil que le gustara, intentando cantarla y acompañarla con un balanceo torpe y exagerado. Algunos chicos la miraban, otros no. Algunos se asustaban y no se acercaban al banco donde ella estaba sentada. Otros se la quedaban mirando un rato hasta que alguna madre les chistaba para que abandonaran ese gesto de “mala educación”, según ellas.

Una nenita de unos cinco años se le acercó muy despacio y la miró muy fijo. Muy cautelosamente se le sentó al lado, en el mismo banco y se puso a cantar suavecito la canción que sonaba mientras el pelo le brillaba con unos reflejos dorados llenos de bucles. Laura no la miraba, seguía en su balanceo, perdida con la mirada. Horacio la vio desde la boletería y le sorprendió la presencia de la niñita. Observó entonces que la pequeña se esmeraba en sacar la sortija acercándose al borde de la calesita. En cada nueva vuelta, estiraba más la manito y casi rozaba el anillo metálico que se asomaba por debajo de la mano del calesitero. En una de esas vueltas, logró aferrarse a la sortija y la sacó de las manos del hombre que aplaudió ante este acto. La nenita sonrió ampliamente y enganchó la sortija en un dedo, como un anillo. Horacio la miró y no pudo evitar sentir algo de rabia, un calor le subió por el cuello, como si le hubiera dado bronca. En ese momento, Laura giró su cabeza y vio la mano extendida de la niñita que le ofrecía generosamente su trofeo.

-Tomá la sortija, te la regalo, es para vos- le dijo con una dulce voz. Laura empezó a golpearse la cabeza con una mano mientras se le caía la baba observando la sortija brillando en esa minúscula manito. Torpemente agarró la sortija y se la acercó al pecho mientras se balanceaba. La nena le sonrió y se bajó de la calesita, donde la esperaba la mano de su abuela, y se fue.

Horacio se apuró entre la multitud, pidiendo permiso nervioso y llegó hasta donde estaba sentada su hija, aferrada a la sortija. La ayudó a bajarse de la calesita y apurado casi la arrastró hasta el auto, evitando hacer notar su salida.

Subió a Laura al auto y manejó apurado, transpirando ante cada calle que cruzaba. Durante todo el camino fue mirando por el espejo a su hija, asegurándose de que aún tuviera el trofeo entre sus manos. Laura aferraba la sortija con fuerza y cada tanto se la llevaba a la boca babeante y la chupaba. Horacio creyó sentir entonces que toda la rabia, la impotencia y el dolor se le iban yendo poco a poco, dejando lugar a una sensación de secreta venganza y de miserable triunfalismo que lo hizo estallar en un llanto incontenible.


miércoles, 29 de septiembre de 2010

Mañanas

Esa mañana, como tantas, Olga se levantó temprano. Enero seguía abrasador y madrugar en verano era costumbre en la casa, para poder desayunar con el fresco del sol recién asomado. Todos los días ella misma se encargaba de preparar el mate y compartir esos instantes iniciales con su marido, llevándole la bandeja a la cama. Hacía meses que había adoptado esa rutina que ejercía como un ritual cada mañana, la demostración de su amor en cada uno de esos pequeños gestos puestos al servicio de ese hombre que ya casi no se levantaba de la cama. Esa mañana un recuerdo la había despertado como un cachetazo. Recordó otra mañana, de primavera, en la que se habían venido a llevar a Segundo de esa misma casa, para trasladarlo a Buenos Aires, en 1955. Esa mañana, los milicos habían tocado la puerta con una mezcla de miedo y de vergüenza.

-¿Quién?- había preguntado Segundo, aún sabiendo de que se trataba.

-Don Segundo, con todo respeto, lo venimos a buscar. Hay orden de llevarlo a Buenos Aires. Ábranos la puerta, por favor.

Olga se había sentido tan mal aquella mañana, ella sin poder levantarse, recién operada de una dolencia menor y con la impotencia de saber que no iba a ver a su marido quién sabe por cuánto tiempo...

Sin embargo, Segundo mantuvo la calma e hizo pasar con amabilidad a aquellos uniformados que agacharon la cabeza al entrar a su casa y no la levantaron nunca más.

-Si me permiten, estoy a medio afeitar. Enseguida termino y van a poder hacer lo suyo, compañeros.- dijo con esa voz que Olga admiraba, mezcla de resignación y orgullo.

Esa imagen de Segundo terminando de afeitarse con la frente alta, delante de esos dos militares con la cabeza gacha y las armas a un costado, le volvía cada tanto, para poder recordarle que ése había sido siempre su hombre, su amor.

Después de todo aquello, Segundo nunca había vuelto a ser el mismo. Estaba muy deteriorado; su salud era de una enorme fragilidad y ya nadie sabía por donde vagaban sus pensamientos. Era muy probable que su mente paseara por muchos episodios que habían sido tan hondos en sus últimos años...desde el arduo trabajo en “Mi Rincón”, el restaurant que regenteaba en el pueblo, su compromiso sindical con los gastronómicos y la inclaudicable adhesión al Partido Justicialista, al “Peronismo”, como corregía él, “a Peròn y a Eva, carajo!”.

Las sesiones en la cámara de diputados con el orgullo de haber ocupado esa banca en nombre de su pueblo. Y la cárcel también, los meses oscuros del encierro, en los que le había tocado compartir ese destino con Hugo del Carril, en la penitenciaría de Las Heras. Tiempos duros, que todavía lo perseguían con sus fantasmas oscuros llenos de odio, vacíos de compasión.

Y Olga siempre ahí, a su lado. Aunque hubiera tenido que viajar casi 900 kilómetros dejando a sus hijos al cuidado de su hermana Dora, para sostener el espíritu de hombre derrumbado, alimentar ese cuerpo abatido por las torturas y los desprecios del antiperonismo.

Lo que nunca había cambiado era esa dulzura con la que se trataban mutuamente. Para Olga él se había convertido en su principal ocupación, los chicos ya estaban grandes y eso le permitía estar más aliviada en su rol de madre y poder entregarse por completo al cuidado de su marido.

Se encaminó hasta la cocina, atravesando la galería, y ahí mismo se cruzó con su hermana, Dora, que estaba de paso por la casa. Dora había venido a quedarse unos días para hacerle compañía y ayudarla en los quehaceres. Se llevaban muy bien desde chicas y eran muy buenas compañeras que sabían sostenerse mutuamente en los momentos malos.

-Buen día, Olga, ¿Cómo amaneciste? Parece que va a hacer más calor que ayer...-

-Uy, sí, Dorita. Va a ser un infierno hoy. Me voy a poner el agua para los mates de Segundo que ya anda con ganas de desayunar.-

-Dejá que yo pongo la pava y andá aprontándole la yerba, vos que sabes mejor cómo le gusta.-

Caminaron juntas los pasos que les quedaban hasta la cocina y se dispusieron a hacer lo que tenían previsto sin hacer demasiado ruido para no despertar a los chicos que todavía dormían en sus cuartos, estando de vacaciones. Era sabido que aunque la casa era espaciosa, cualquier ruido se sentía en el medio del silencio del despertar pueblerino, especialmente a esa hora de la mañana, cuando la mayoría todavía se resistía a salirse de la cama.

Las dos se estremecieron por igual al sentir el estampido. Fue un estruendo feroz, un golpe seco que abatió la calma de toda la casa.

Olga corrió a lo largo de la galería y entró tropezando al cuarto.

-¡Segundo! ¿Qué hiciste, por Dios?- la pregunta se le ahogó en un solo grito. La cabeza de su marido caía, ladeada sobre un hombro, y saliendo la sangre lentamente, derramándose furiosamente roja sobre la funda blanca de la almohada. Todo su cuerpo temblaba en los brazos de su mujer.

Olga pudo ver el arma, que secretamente Segundo guardaba bajo el colchón, colgando tristemente de la mano derecha de su hombre.



lunes, 7 de junio de 2010

Mandatos

El escritor irreverente me pide solamente una cosa : que escriba.

Con rabia, que escriba.

Que desande caminos que intento ir dejando atrás. Que todo eso se inscriba, me ruega.

Me pide que recorra las venas gastadas, que deje sangrar unos versos, que puedan morir esas letras.

Que le encuentre el sentido no importa, que los sentidos invadan la hoja inmaculada es mi pauta de acción.

Así, con ira y violencia, como me van saliendo estas palabras brutas llenas de encanto y dolor.

Escribir lo que sea, pero con la ternura que sólo puede otorgarle la escritura a lo más visceral que nace de pronto, que no puede detenerse y que rebalsa hacia afuera y sobre todo, hacia adentro...